"La tortura de escribir, al fin y al cabo, es un castigo maravilloso elegido voluntariamente. Un castigo de libertad."
Alfonso Ussía

jueves, 1 de junio de 2017

Tic tac

Tic tac. Tic tac. Cada movimiento del segundero del viejo reloj de la mesilla suena como si una gota me cayera en la frente. Tic tac. Gota a gota, hasta atravesarme entero. Las cuatro y diez. Parece que lleve horas en esta cama, pero el tiempo no debe regirse por ninguna norma. Y esto es así noche tras noche, día tras día, minuto tras minuto. Da igual que sea lunes, domingo o viernes; se ha teñido todo de gris, cada día es igual al anterior, todo es monótono, nada es especial o simplemente diferente. Y llevo así toda mi vida, bueno, casi toda.
Me incorporo un poco y me apoyo en el cabecero de la cama. Y lo veo. Allí está, mirándome desde el cuadro de nuestra boda. Sonriendo y con la mirada brillante. Como siempre. Y a su lado un hombre serio, observando a través del polvoriento cristal con sus ojos grises y vacíos. Un hombre que, aunque no lo aparente, es feliz. Era feliz. Un hombre que ahora mismo está sentado sobre su cama, dejándose cautivar por viejos fantasmas del pasado. Un hombre que lo tuvo todo y que ahora no tiene nada.
Tic tac. Tic tac. Miro el reloj. Las cuatro y trece. ¿Entendéis por qué digo que el tiempo juega con sus propias reglas? Acabo de ver pasar cuarenta y seis años de mi vida y solo han pasado tres minutos. Esta va a ser una larga noche… Otra larga noche.
Mi mente no puede evitar remover más el pasado y mis ojos vuelven a vislumbrar las sombras de lo que fue mi infancia. Y si digo sombras, es porque mi niñez fue lúgubre y oscura. Muy oscura. Fue lo que me hizo ser lo que soy, lo que me dio tanta monotonía, lo que me inculcó a no llamar la atención, lo que me hizo vivir en blanco y negro por el miedo a que se preocuparan por mí. Y es que nunca fui querido. No fui tratado de forma violenta por mis padres, pero tampoco recibí cariño.
Mi vida obligó a unirse a dos seres predestinados a llevarse la contraria mutuamente. Y todo por un error en una noche cálida de verano. La que futuramente sería mi madre- y cuando digo madre digo “madre” y no un apelativo cariñoso como “mamá”- conoció a un “atractivo y apuesto joven” que sería mi padre.
La chispa surgió en un momento y la noche acabaría en el desenfreno que los arruinaría. Bueno, la noche acabaría dentro de nueve meses, conmigo recién nacido en los brazos. La noche acabaría con el ceño fruncido de mi padre y los ojos tristes de mi madre. La noche acabaría con sus vidas.
Tuvieron que aguantar miradas afiladas y comentarios dañinos. Y, obviamente, pasaron por el altar, pero fue la ceremonia más protocolaria y triste que ha existido nunca. Y te lo digo yo, que estuve allí. No hubo invitados, sus voces temblaban al decir el “Sí, quiero”, el banquete de boda fue la sopa que sobró del día anterior, la luna de miel no llegó más allá de las tres calles que separaban la iglesia del viejo apartamento donde convivían y la novia iba de luto por la muerte de su libertad. Bienvenidos al principio del fin.
Porque no tardamos en darnos cuenta de que mis padres no eran la pareja ideal. Y, aunque guardaban las apariencias, no se podía ignorar la frontera que construyeron separando cada lado del colchón, marcando territorio. Y aprendieron a sobrevivir y no a convivir, su pareja era su mayor enemigo. Odiaban cada minuto que pasaba y su único consuelo era recordar que un día más es un día menos. Solo la tregua que se daba cuando mi padre salía a trabajar evitaba que todo esto volara por los aires.
Así fue mi niñez y así soy yo. Porque cuando tus nanas de cuna son los gritos insultantes, las palabras cargadas de odio e indiferencia lanzadas como cuchillos y los llantos rotos, decides pasar desapercibido, intentar que no se tengan que preocupar por ti, eliges la mediocridad como modo de vida. Y las cuatro paredes que te encierran, pero que te liberan, empiezan a verte crecer y cambiar y comienzan a ser, prácticamente, tu mundo. Porque salir de ella se plantea como un suicido, una misión casi imposible.
En estas ocasiones, hay que buscar un método de evadirte del mundo e intentar concentrarte en algo fuera de todo esto, más que nada, para intentar que desaparezca y para que, por un momento, puedas sentir que no hay problemas. Y yo encontré el mío.
Una noche, tras varias horas de discusiones, me encerré en mi cuarto y cogí un folio, mejor dicho, una hoja de un viejo cuaderno. Y un lápiz. Y surgió la magia. Mi mano comenzó a deslizarse ágilmente por el papel, marcándolo con un suave trazo a cada paso que daba. Pasaban los minutos y el lápiz apenas levantaba cabeza de aquella blanca superficie. Un árbol. No era el mejor dibujo del mundo, pero no necesitaba que lo fuera. No había ganado el don de dibujar, había conseguido la llave para abrir la jaula y escapar de todo. Y eso es lo que me hacía falta.
Y a ese árbol le siguió un perro. Un atardecer. Mi habitación. Otro árbol, ahora desnudo por la llegada del invierno. Una montaña nevada. Siempre en blanco y negro para solo romper la pureza uniforme del blanco con la oscuro mina del lápiz. Raya a raya, trazo a trazo, hasta completar el dibujo. Un pájaro. El huerto del vecino. El río del pueblo. Observaba y dibujaba, esa era mi rutina. Y me gustaba.
Guardaba todos los dibujos escondidos en un rincón de mi cuarto y no salía de casa sin tener en el bolsillo el lápiz con el que dibujé mi primer árbol. No lo usaba para dibujar, pero era como mi amuleto, lo que me enseñó a empezar a vivir. Pasaban los años y cada vez me hacía más inmune a todo lo que tenía en casa. Creé una trinchera en mi cuarto, me aislé en mi mundo y nadie podía sacarme de allí. Hasta que llegó el hecho que cambió mi vida.
Llegó un compañero del trabajo de mi padre y nos dijo la frase que cayó, palabra por palabra, rompiendo las paredes de la jaula que rodeaba nuestra casa. “Tú padre ha muerto”. Tú padre. Muerto. Mi padre. Muerto.
He de decir que mi madre apenas lloró, por fin era libre, libre de esta condena que había durado diecisiete años y un día. Pero nos enfrentábamos a problemas.
Teníamos dinero como para que un persona viviera holgada y cómoda, pero como para que dos vivieran con el agua al cuello. Así que decidí- y digo decidí para no decir que mi madre me obligó- irme a una gran granja donde buscaban jóvenes para trabajar a cambio de cobijo y comida. Así que, con diecisiete años recién cumplidos, medio huérfano (o huérfano total, para el caso) y ya estaba fuera de casa.
Nunca he sido muy sociable, como ya supondréis. Los pocos años que fui a la escuela no me llevaba mucho con nadie, y en los momentos de descanso solía estar solo o pegado a un grupillo al que no encajaba. Así que tenía miedo de perder la posibilidad de estar solo, miedo a ser un estorbo. Miedo a perderme y no volver a encontrarme nunca más.
Llegué a la granja junto a otras siete personas, tres chicas y cuatro chicos. Y empezaron mis días plantando el huerto, ordeñando vacas y despertándome al canto del gallo; y contra todo lo que esperaba, formamos un grupo los ocho y todos los días, al acabar la jornada, nos juntábamos para compartir historias. Y en ocasiones, uno de los chicos sacaba una guitarra y despedíamos las últimas horas de sol con alegres compases.
Además, había un árbol perfecto que me permitía cobijarme bajo él para pasar mis largas horas dibujando en mi viejo cuaderno, siempre con el primer lápiz en el bolsillo, como símbolo de que todo podía ir bien, o, al menos, no ir mal. Que no es poco.
Día tras día, una de las jóvenes pasaba junto al árbol y, tras el saludo de cortesía, me miraba de reojo mientras se iba. Y yo la miraba. Día tras día. Hasta que en una ocasión, tras el saludo, se quedó de pie junto a mí y me preguntó si se podía sentar. Me entró miedo, ¿y si quería hablar? ¿Qué hago? Pero no. Se sentó a verme dibujar sin decir ni una palabra. Sonreía cada vez que el lápiz rozaba el papel. Y aunque me ponga nervioso al estar a solas con alguien, con ella no me importaba.
Quizás era porque comprendía mis silencios y todo lo que hablaban a gritos. O porque me gustaba su sonrisa y todo lo que iluminaba. O porque simplemente me gustaba ella y todo lo que me hacía sentir. Solo sé que esperaba esos momentos con ganas. Con muchas ganas.
Y realmente soy incapaz de recordar cómo pasó, pero empecé a dibujar para ella, a arrimarme más en el cobijo de debajo del árbol y a empezar a cogerla de la mano en nuestros paseos con olor a hierba mojada.
Realmente, no sé qué es lo que hice. No lo sé. Jamás entenderé qué vio en mí. Ella era la que lo daba todo y yo solo era el callado artista. Pero funcionó. Y eso… Eso se convirtió en el motivo por el que empecé a creer que el pasado solo fue la razón por la que comencé a dibujar, lo que me hizo enamorarla.
Veinticuatro años y proclamaba el “Sí, quiero” frente a la chica más maravillosa del mundo. Y una lágrima me recorría la mejilla mientras ella articulaba con sus finos labios el “sí”. Porque ella quería estar toda la vida conmigo. Conmigo. Con un hombre a quien le era más fácil hablar con dibujos que con palabras. Sentía que ella me daba el privilegio de poder compartir cama y crear historias juntos. Y que nada de lo que yo hiciera -nada- iba a poder agradecérselo lo suficiente.
Dibujé nuestra casa, el coche con el que íbamos hasta el mar, nuestras manos entrelazadas, la torre Eiffel que siempre soñábamos con visitar. Toda nuestra vida juntos pasaba por mi cuaderno de dibujo. Todo… menos un retrato suyo. Podría dibujar sus grandes ojos, su pequeña boca y su alborotada melena; pero jamás podría captar el calor de su mirada, el dulce de sus besos y las cosquillas que me hace su pelo en mi pecho.
Y no sabéis lo que me arrepentí de no haberlo intentado siquiera. Aquel día que un coche viejo de segunda mano arrancó su vida, todo se volvió en blanco y negro, como si fuera uno de los dibujos que hacía de niño, cuando todo era gris. Bastaron solo cinco segundos para destruir lo que habíamos construido durante décadas. Desde entonces mi cuaderno quedó en blanco. En blanco porque ya no había un nosotros que pudiera dibujar.
Tic tac. Tic tac. Cada movimiento del segundero del viejo reloj de la mesilla suena como si una gota me cayera en la frente. Tic tac. Gota a gota, hasta atravesarme entero. Las cinco y diez. Parece que lleve horas en esta cama, pero el tiempo no debe regirse por ninguna norma. Y esto es así noche tras noche, día tras día, minuto tras minuto.
Algo se mueve dentro de mí y me hace latir más fuerte. Siento que algo ha cambiado y que, tras varios años de dejar que acumulen polvo, tengo la necesidad de coger mi cuaderno y volver a sentir el tacto de mi lápiz. No me acuerdo de por qué dejé de dibujar, y menos ahora que es cuando más me puede ayudar. Cojo el lápiz,el lápiz con el que hice mi primer dibujo, y, antes de empezar a romper la uniformidad de blanca de la hoja, lo recuerdo. Este maldito temblor en mi mano derecha que no me permite hacer una línea recta. Respiro hondo. Hoy no importa. No puedo posponerlo más. Miro la foto de la boda y comienzo.
Pero es imposible. Ninguna pestaña ha quedado recta. Su pelo liso ha tomado un ondulado que jamás he visto en ella. Sus ojos vibran nerviosos y su sonrisa no se muestra tan segura con tantas curvas. Una lágrima camina por mi rostro, hace un surco que me quema a su paso, y cae por mi barbilla y muere al chocar contra el dibujo. Duele saber que por este maldito temblor, el único retrato que le he hecho no… No sea ella de verdad. Si hubiera sabido esto, le habría hecho un retrato cada noche, cuando su respiración tranquila que tenía al dormir me decía que no había nada por lo que tener miedo. Cómo he podido ser tan tonto.
De repente, un ruido ensordecedor desgarra el silencio y una luz cegadora aparece en el techo de la habitación, creando una puerta hacia un camino en el que no se vislumbra final. Y de esa puerta, se asoma mi mujer. Rápidamente escondo el dibujo, no se merece tal desperdicio, es demasiado poco. Pero ella sonríe como solo ella puede, y me tiende una mano. La mano con la que amasaba el pan, con la que ponía música en las frías tardes de invierno, con la que me ofrecía un caramelo al salir del trabajo.
Me elevo hacia ella, sintiéndome libre y ligero, muy ligero. Y, aunque la tentación es muy fuerte, no me giro; porque ya sé lo que voy a ver. Mi cuerpo vacío, recostado en la cama, con un cuaderno y un lápiz entre las manos. Pero no me importa. Lo dejaría todo por seguirla. Y ahora me dirijo a un nuevo sitio con ella. Un sitio en el que los “para siempre” realmente no mueren nunca. Un sitio en el que mi cuaderno de dibujar tiene infinitas páginas.


martes, 20 de diciembre de 2016

Hecatombe

Llovía dentro, así que abrí mi paraguas y eché a volar. Eché a volar como solo Mary Poppins me había enseñado. Yo solo con mi voz rota como banda sonora. Trataba de alcanzar la luna como lo hacía cuando creía que el cielo estaba en tus ojos, solo que esta vez no me dio para coger un billete de vuelta, porque mis sueños estaban rotos y yo tenía demasiados cortes en las manos como para pincharme contigo otra vez.

Huía. No quiero mentirte, huía. Huía de mi necesidad de ti, intentando olvidar que no te olvidaba. Huía de tu libertad, que tan prisionero me hizo. Huía del rastro que dejabas, de tu olor, del eco de tu risa que aún retumbaba en las vacías paredes de mi corazón. Y sin saberlo huía de la decisión de culparte de todo lo que yo no supe afrontar cuando me golpeo en la cara.

Porque, ¿sabes qué?, dejé de escribir. Y no digo de escribirte a ti, digo de escribir a secas. Rompí folios y folios buscando la palabra que se me había atragantado en la vida, tratando de encontrar la metáfora que escondía aquello que había perdido y aquello que no me atrevía a encontrar. Y lancé mil aviones de papel con las pocas ilusiones que me quedaban, esperando que aterrizaran sanas y salvas lejos de la hecatombe futura que llevaba días anunciando. ¿Sabes qué? Dejé de escribir, porque cuando la persona que me enseñó a conjugar el verbo amar decidió desaparecer, eran mis palabras las únicas que volvían a ella una y otra vez. Una y otra vez. Y el blanco no merece ser manchado así.

Fracasé, no te lo niego. Fracasé estrepitosamente. Fracasé porque te culpé de todo. Quizá de mucho más de lo que te merecías. Pero no me culpes tú a mí, al fin y al cabo eres la que hizo que me quedara debiendo tantos besos. Eres la que no paraba de decirme "Te quiero" en lugar de quererme. Eres la que supo entender lo que es dormir con un mundo entero a tu lado, ni lo que ocurriría si lo sacaras de su órbita. Eres la guerra a la que aguanté perdiendo mucho más de lo que podría haber ganado. La guerra en la que no fui ni héroe, ni mártir. Ni siquiera superviviente.

Porque, ¿sabes qué?, dejé de escribir. Y eso es lo último que se supo antes del incendio.

miércoles, 19 de octubre de 2016

Pedazos

Podría mentirte y decir que es casualidad. Podría hacerlo. Convencerte de que este jueves ha sido mucho azar y pocas intenciones. Podría llenarme la boca de adjetivos positivos y de un nueva vida que me queda demasiado grande. De flores que nunca llegaron y de canciones que nunca se bailaron. Hacerte creer que no estoy rota en trozos más pequeños que las pestañas que caían sobre tu pecho y que estos últimos meses han curado tanto como años de sol sobre mi piel lisa. Podría. Pero después tendría que mirarte a los ojos y ver reflejado mi negro sobre tu verde. Y tendría que rendirme a la verdad.

He decidido entrar descalza, pisando las hojas secas de nuestro último otoño, escuchando como se rompen bajo mis pies en un crujido que recuerda a nuestro último abrazo. He pisado el suelo de baldosas sintiendo el frío mientras comprobaba los apuntes sobre mi paso por el invierno. Pero nada me avisaba del hielo que desprenden ahora tus manos. Hielo que me hace imposible sostenerme a ti mientras nos destroza el huracán. Hielo que sabe a resacas, a primeros lunes, a sábados sin ti.

Pero vengo yo aquí, a iniciar una revolución con Les Miserables en mi cabeza y mi miedo como trinchera. Haciendo injusticia intentando que abras tus puertas después de todo el destrozo que hicieron mis ejércitos. Será que me he vuelto loca del todo, no sé. O que se me da bien eso de luchar por causas perdidas. O quizás es que echo de menos amar sin restricciones. 

Ya estoy harta de rendirme ante tus labios, de ser incapaz de romper nuestras fotos, de que echar de menos tienda a infinito. Así que aquí me tienes, de puntillas y con todos tus para siempre de bandera blanca; esperando a que unas todos mis pedazos...

O acabes con ellos para siempre.

lunes, 19 de septiembre de 2016

Tu relieve

He decidido que quiero caer muerto en algún lugar entre tu esternón y tu garganta, calmarme y descansar en tu clavícula hasta que tu aliento me ayude a levantarme. Recorrer toda tu columna vertebral, poco a poco, para conocer cada curva y cada recoveco y decidir en cuál de tus lunares quiero que aterrice mi astronauta. Que para volver tenga que hacer transbordo en tu cama de sábanas desordenadas y pies fríos y tumbarme a ver las auroras de tus ojos mientras me enredas con el negro de tu pelo.

He decidido que quiero que cada lágrima tuya surque mi pecho como si fuera un pequeño río y que cada vez que el agua empiece a caer gota a gota, huelas como la primera lluvia en el asfalto seco. Entonces te cogeré la mano, te abrazaré hasta que el temporal nos dé tregua y me rendiré contigo si te tiemblan las rodillas.

He decidido que quiero romper las fronteras y unir territorios. Volvernos tierra de nadie y ser libres en la inmensidad del blanco del roce de tus dedos. Quitarte toda bandera y componer un himno para bailar hasta que decidamos que se pone el sol. Y al caer la noche, buscarnos como refugio para que el frío no forme parte del nosotros.

He decido que quiero. Sin añadidos, sin cláusulas. 

Porque has decidido que quieres ser las siete maravillas de esta mundo pero con la mirada más bonita de toda la galaxia.


domingo, 1 de mayo de 2016

Si eso no era arte.

Y no lo entiendo. Realmente no lo entiendo. No tenía una melena rubia larga y suave, ni un brillante pelo negro, ni llevaba el peinado a la última moda. No tenía piernas delgadas e interminables, ni unos taconazos que la hacían tener imagen de inaccesible. No vestía ajustado para realzarse las curvas; es más,  probablemente ni tenía grandes curvas.

Pero era algo en su mirada que me hizo sentir que me miraba directo y profundo. Era algo en su manera de andar que hacía que respirara a su compás, siguiendo siempre cada pequeño movimiento que percibía . No era su rostro, eran sus pecas, las cuales quería unir punto a punto para descubrir qué esconde.

No era porque fuera perfecta, era por lo caóticamente imperfecta que parecía ser y por todo lo que quería acabar descubriendo cada vez que la miraba. Y, Dios, si eso no era arte, que me expliquen por qué me hace sentir tanto.


jueves, 7 de abril de 2016

Prometiste.

Prometiste que siempre iríamos en pareja. Lo hiciste, ahora no me mientas. Prometiste que pasase lo que pasase estarías allí y que no se entendería al uno sin el otro y así había ido desde que tuve memoria. ¿Por qué tuviste que irte después de tanto tiempo? Jamás pensé que eras de los podías romper tu promesa.

Fue en una de esas tormentas de las muchas que tenemos, cuando todo alrededor nos da vueltas y hasta nos sentimos húmedos por dentro, cuando realmente más separados estamos. Y sé que hemos tenido una vida fácil; hemos sido pisoteados, nos hemos roto varias veces e incluso nos hemos encerrado sin tener a nadie más que a nosotros; pero si te digo la verdad, era cuando saliamos de esas tormentas, cuando todo paraba y volvíamos a estar juntos, el momento en el que más feliz me sentía. Y aunque al principio las temía, dejé de tener miedo cuando veía la calma que llegaba después. Lo que no pensé es que tras una de esas tormentas tu ya no volverías a mi lado.

No sabes lo duro que es quedarse sin tu mitad, lo duro que es tener la certeza de que solo no valgo y creo que la gente de mi alrededor me ha apartado esperando que algún día aparezcas y me completes como solo tú puedes hacerlo... Pero cada día la esperanza es menor y poco me queda para tirar la toalla.

Prometiste que siempre iríamos en pareja. Y mentiste. Y no hay historia más triste que la mía... La de un calcetín a la que su pareja le ha abandonado.



miércoles, 24 de febrero de 2016

Fin.

-¿Por qué suenas a despedida? -Susurré, mientras sentía que mi alma caía de rodillas- ¿Por qué suenas... a despedida? -Grité como si me ardieran los pulmones.

Te quedaste sorprendido, mirándome con los ojos muy abiertos y con los puños muy cerrados, intentando que el mar azul de tus ojos no se desparramase por tus mejillas. Hubo silencio. No sé si fueron dos segundos o dos horas, pero a mí se me hicieron como dos vidas. Tamborileabas con los dedos, nervioso, intentando buscar una respuesta correcta. Y fue ahí donde vi que tu respuesta correcta no existía y que, tal vez, nunca podría llegar a existir. 

-Quizás...-dudaste, dudaste como no te he visto dudar nunca por nada- Quizás porque, aunque no estoy seguro, creo que lo es.

Una chispa me recorrió toda la columna vertebral y explotó en mi cabeza. Será por eso que me sentía en ruinas. Me atreví a mirarte los ojos por primera vez. Juraría que había bruma en tu mirada... Y pude entender que sentías esto tanto como lo sentía yo. 

Nos abrazamos y traté de acompasar nuestros latidos, pero íbamos a ritmos distintos; tan distintos que nunca habría dicho que llegamos a ser un solo corazón. Mientras sentía tu abrazo en oleadas de frío y calor, traté de hacer lo que tantas veces había hecho antes. Me asomé, miré dentro de ti. Y vi el caos y entendí lo que querían decir los infinitos. Quise luchar, pero a la vez quise que fuéramos felices y cada vez las dos opciones estaban a polos más opuestos.

Di media vuelta y di un paso y luego di otro. Pero el tercero se me atragantó. Sentía que algo dentro de mí se tropezaba y se caía por las escaleras. Esperé otras dos vidas a que me dijeras "Quédate.", y mi mano aún tenía esperanza en que la cogieras con fuerza. Noté que se te atragantaba algo en la garganta y decidiste que hablara el silencio.

Al mismo tiempo, di el tercer paso y tú dijiste un tímido adiós. Cinco letras que encerraban cinco sentidos vividos juntos y un final que nunca pensé que llegaría. 

Nos fuimos cada uno por su lado; pero, como cuando nos separábamos hace apenas dos días, nos giramos durante un instante . Pero en vez de cruzar miradas y sonreír, no nos atrevimos ni a mirarnos a la cara. Y allí dejamos, en tierra de nadie, una eternidad juntos, madrugadas en vela, tres frases mal dichas y una parte de nosotros que nunca volverá a casa. 

Y ahora ando aquí, buscando lo que tú te llevaste de mí; con un verso en la punta de la lengua y muriéndome de ganas de decirte que te voy a echar de menos. Pero con la real convicción de que hacemos lo mejor poniendo este punto final. A nuestra historia perfecta. A nuestra historia. Y a nosotros sin más.