"La tortura de escribir, al fin y al cabo, es un castigo maravilloso elegido voluntariamente. Un castigo de libertad."
Alfonso Ussía

jueves, 17 de septiembre de 2015

Encogidos

Viven encogidos. Pequeños. De espaldas. Como si fuesen frío. Como si fuesen hielo. Parece que los años les han hecho pesar más. Parece que los años son culpables. Parece que los años les han cortado las alas a su sueño. Saben que les falta algo pero intentan disimularlo. Fingen que no saben que han sabido. Fingen que han olvidado que algún día aprendieron. Fingen que no buscan lo que algún día encontraron. Se enconden tras una máscara de amores de plástico. Una máscara de amores de menos de cien besos. Una máscara de amores que juegan a no ser nada. Pero de repente, el juego se vuelve demasiado serio y la máscara se rompe. Se les ve llorar. Lloran el uno por el otro. Lloran por todo el tiempo feliz que han tirado a la basura. lloran por el desierto sin oasis que parece eterno. Quizás es que intentan entenderlo. Quizás es que no entienden el intentarlo.

Por la noche se hace más presente. Por la noche se nota más. Cuando se tumban cada uno en su fría cama y no tiene a nadie a quien abrazar. Y no hay beso de buenas noches. Ni siquiera hay un buenas antes de la palabra noche, y cada día es igual que el anterior. Entonces algo pequeño nace en su interior; dentro de cada uno. Dos pequeños niños que vuelan en la noche esquivando las estrellas. Dos pequeños niños que vuelan para encontrarse. Dejan atrás los cuerpos pesados y se ponen frente a frente. Entonces, alzan la mano e intentan tocarse; pero cuando sus palmas están a escasos milímetros, los cuerpos pesados empiezan a sentir un dolor profundo. Abren la caja de recuerdos y se autodestruyen intentando convencerse de que lo que hacen es lo mejor. Y a los dos niños les toca volver a sus jaulas pesadas. Llorando porque sueñan con vivir esquivando las estrellas para siempre. Llorando porque saben que cada noche son más pequeños. Llorando porque saben que no les falta mucho para desaparecer para siempre dentro de ese cuerpo pesado. Y sobre todo, llorando porque saben que nunca jamás lograrán volver a tocarse.




domingo, 13 de septiembre de 2015

Ellos no saben

Todavía hay gente que me pregunta que por qué sigo este camino. Ponen caras raras cuando les explico lo que hacemos y les cuento que paso las tardes de los sábados en un colegio con un montón de chavales de doce años. Se sorprenden de la cantidad de horas que paso preparando un sinfín de juegos y dinámicas diferentes, la cantidad de reuniones que tengo para preparar y planificar, la cantidad de tiendas que recorro en busca del material perfecto, la cantidad de momentos en los que aparto mi tiempo de descanso para trabar en esto. Y ya no os podéis imaginar la cara que ponen cuando les digo que lo hago gratis. Les parece una locura. Y, oye, igual hasta tienen razón. Pero hay una cosa que yo os puedo asegurar de verdad. Y es que ellos no saben.

Ellos no saben lo que es esta vocación, ellos no saben lo que significa esto para mí. Ellos no saben lo que vale una sonrisa de un chaval al hacer un juego. Ellos no saben lo que vale la mirada de cien chavales cuando les cuentas una historia. Ellos no saben lo que es ir por la calle, oír un grito y que acto seguido alguien te esté abrazando. Ellos no saben lo que es sentir que estás dando gratis lo que a ti te han dado gratis. Ellos no saben la terapia que es este locura cuando tienes un mal día. Ellos no saben lo que es seguir este sueño. Ellos no saben lo que es sentir que los chavales te dan más a ti que tú a los chavales aunque te hayas pasado mil horas preparando la actividad. Ellos no saben lo que se siente cuando te piden consejo o cuando te cuentan sus miedos y preocupaciones. Ellos no saben todas esas cosas que soy y seré incapaz de expresar con estas simples palabras.

Ellos no saben porque ellos no lo entienden. Y realmente, lo entiendo. Quizás sí que todo esto es una locura... Pero no os imagináis lo feliz que me hace estar loco. Y además no soy el único loco en este mundo.